Otro día de lluvia en Valcarlos. Los consejos sabios de nuestra vecina se hacen presentes: “dos días con sol y uno mojado”, así es la vertiente norte de los Pirineos. Alicia propone pasar al otro lado de Ibañeta porque quizás la niebla no se agarre a la montaña.
Chubasquero, botas e ilusión ¿Veremos hoy al pito negro? La carretera serpentea en el ascenso. Mal día para los voluntariosos ornitólogos de Lindux, piensa Raúl mientras dejan a un lado la iglesia de Santiago en Roncesvalles. Adelantan a un viejo peregrino.
El silencio lo llena todo. No hacen falta palabras cuando se ha madrugado y los ojos adivinan nuevos paisajes. El aire tiene el frescor dejado por la niebla. Viejos caseríos de Eugi miran de reojo al pantano. El café caliente hace que vuelvan solas las conversaciones. Alicia percibe el nerviosismo de Raúl al buscar el tacto de su mano. ¿Es la llamada de tu origen, Urquiaga? Un perro flaco bosteza y mira distraído el revuelo formado por los juegos de la chiquillería en la plaza.
Quinto Real. Las hayas más antiguas saben que esa tierra era de los abedules antes de que ellas llegaran traídas por Basajaun. El coche sobra y queda en la cuneta. Se niebla de nuevo; olores a mojado y a vida. Un magnetismo desconocido les atrapa. El pulso se acelera a la subida del collado. La lluvia empapa y renueva la juventud del espíritu de ellos dos. Hay humedad en los ojos de Raúl, pero alegría en su boca. Alicia le aprieta con fuerza la mano y se la lleva bajo el cobijo de su bolsillo. Allí está el lugar, el alto de Urquiaga, Urkiaga gaina. Una raíz sobresale en la tierra, mientras el viejo tronco es martilleado por el pito negro.
