Desde que tengo uso de razón, recuerdo dos grandes acontecimientos que, invariablemente, se repetían año tras año: durante las vacaciones de Navidad y las del verano nos trasladábamos a Ochagavía, población en la que nació mi padre.
Para los niños y también para los adolescentes que vivíamos en una gran ciudad como Barcelona o Madrid poder disfrutar de la libertad de un pueblo era algo maravilloso. Era, casi, como volar. Te levantabas, hacías la cama, te aseabas y…sin dar explicaciones a los mayores, podías marchar en bicicleta por los valles de Salazar, Roncal, e incluso otros más lejanos. También podías hacer una excursión al pico de Orhi, o a la Selva de Irati…
Antes de comer, pasabas por la huerta para coger alguna lechuga, cebollas y buenos tomates, con los cuales la abuelita haría la ensalada.
Después de comer los mayores nos mandaban a hacer la siesta, pero con harta frecuencia nos escapábamos al río para darnos un chapuzón. En aquella época chicos y chicas no compartíamos la zona de baño. ¡En absoluto, estaba prohibido! Creo que se debía considerar casi un pecado. Los chicos tenían más suerte, porque iban a la presa, donde había más profundidad y más agua, a las chicas sólo nos quedaba la posibilidad de remojarnos (en un agua tan fría como la de la presa, eso sí) en unos pozos estrechos y profundos donde anidaban víboras o algo parecido.
La comida era genial. Recuerdo que en la terraza de Casa Duquea había entonces gallinas, se hacía matacherri, es decir se mataba el cerdo en casa y se hacían conservas de lomo, se colgaban los chorizos, las morcillas y los jamones de unos clavos que había en el techo de los largos pasillos de la casa y…se mantenían las ventanas abiertas para que se secaran bien (¡corría un aire más fresco!)… los huevos, fritos y acompañados de alguna magra, eran algo delicioso.
También recuerdo como si fuese ayer el bocadillo de migas de pollo con pimientos que acostumbraba a merendar mientras veía bailar en el frontón a los “Danzantes de Ochagavía” durante las fiestas. Y también las romerías a las hermitas de la Virgen de Musquilda y de la Virgen de las Nieves, donde comíamos, ensalada, ajoarriero y unas riquísimas costillas de cordero, regadas con buen vino de la bota.
Pasaron los años y la adolescencia quedó lejos, muy lejos.También mis viajes a Ochagavía fueron escaseando, haciéndose infrecuentes. Pero este verano quise volver y lo hice en septiembre, con motivo de las Fiestas. Y fue magnífico.
Como verán en las fotos que les remito, además de los Danzantes de Ochagavía, ahora nos deleitan con esa brava danza los “txiquis”, los pequeños, con un gracejo y bravío que no tiene nada que envidiar al de los mayores.
El pueblo está precioso y muy bien cuidado, extraordinariamente limpio, disfruté de los pinchos y de la comida tanto o más que durante mi adolescencia. Disfrutamos de un tiempo maravilloso, muy cálido. Fue un placer recorrer las calles de esta villa, escuchar los sones de la campana de la iglesia y conversar con todos aquellos vecinos con los que había compartido “aventuras” de mi niñez.
No llevaba una cámara buena y las fotos que puedo ofrecer las hice con un móvil, pero creo que algún empleado de Turismo de Navarra, que posea un poquito de conocimientos informáticos puede rectificar, con el adecuado programa, la intensidad y brillo del color, etc. En una de esas fotos estoy con mi prima Maria Carmen de Andrés. Me encantaría volver a Navarra con una invitación que me permitiese descubrir otros lugares de este bello Reyno… Porque Navarra es un lugar para volver y volver…
