Saltar navegación e ir al contenido

Carrusel de imágenes presentando Navarra

Las cuatro estaciones

¡Ultreia!, sigue adelante

Orreaga/Roncesvalles. Peregrino.

Orreaga/Roncesvalles. Peregrino.

¿Lo mejor del Camino de Santiago? Conocerme a mí misma y mis limitaciones. Superar un nuevo reto cada día. Compartir esta experiencia con mis amigos. Descubrir la cultura, el paisaje cambiante, la riqueza monumental, las buenas vibraciones de la gente… Y participar en las múltiples actividades organizadas con motivo del año Jacobeo 2010. En definitiva, vivir el Camino… sentirlo.

Aitana, Félix y yo, llevábamos tiempo tratando de cuadrar nuestras agendas para emprender juntos este reto. Habíamos leído numerosos testimonios de peregrinos que después de transitar por este camino centenario, sentían que sus vidas habían cambiado en algún sentido. Así que, dispuestos a percibir la fuerza de esta vía recorrida desde hace siglos para el indulto de las penas, por fin teníamos fecha: sería en primavera. Por trabajo resultaba complicado hacer todas las etapas seguidas así que decidimos escalonarlas. Nos hubiera gustado empezar en Luzaide/Valcarlos porque habíamos visto fotografías impresionantes que atestiguaban un paisaje pirenaico espectacular, pero finalmente, por falta de tiempo, tuvimos que iniciar la ruta en Orreaga/Roncesvalles.   

Llegamos por la tarde a este bucólico enclave, donde se originó la gesta de la Chanson de Roland. Debo reconocer que la localidad me sorprendió. Había oído hablar tantas veces de Orreaga/Roncesvalles que me esperaba un sitio grande repleto de construcciones. En su lugar, nos encontramos con un conjunto monumental recogido, de piedra grisácea y rodeado de bosques y montes. Un rincón de los Pirineos que lejos de defraudarme, me emocionó. Un territorio que brilla todavía más gracias a la amabilidad de sus lugareños. Habituados al trajín de gente y peregrinos, se prestaron gustosos a resolvernos dudas y a darnos consejos.

En la oficina de turismo nos sellaron la credencial (el pasaporte que nos certificaba como peregrinos y nos daría acceso a los albergues) y nos indicaron que en la última misa del día se bendecía a los peregrinos. Nos pareció buena idea iniciarnos así en el Camino. En el interior de la Colegiata, obra maestra del gótico, hacía frío. Pero el baño de luces de colores procedentes de las vidrieras invitaba a quedarse allí. Al sentarnos, nos dimos cuenta de que todos los presentes éramos peregrinos. La peculiar indumentaria es inconfundible. Nos saludamos y presentamos. Parecía como si nos conociéramos de toda la vida, a pesar de que era la primera vez que nos veíamos. Amplias sonrisas en los rostros delataban nuestra expectación y nuestras ansias. Y así, junto al resto de personajes del Camino recibimos con gusto la bendición peregrina.

La primera noche casi no dormí. Tenía mariposas en el estómago imaginando cómo sería la etapa y si aguantaría bien. Aitana y Félix son buenos deportistas pero yo no soy ninguna atleta y temía no poder terminar siquiera la primera jornada. Había leído que había dos puertos de montaña y me pasé casi toda la noche en blanco, ansiosa e impaciente. Con las primeras luces, el albergue volvió poco a poco a la vida. Sería un bonito día. El cielo aparecía completamente despejado y el sol se prometía templado.

Después de un contundente desayuno, nos pusimos las botas y nos colocamos las mochilas ajustando los anclajes para repartir el peso por la espalda. Nos despedimos de los peregrinos que rezagados ultimaban los preparativos y empezamos la marcha. Enseguida vimos un cartel anunciando la distancia a Santiago (790 km.) La emocionante sensación de que empezaba nuestra aventura se hizo más fuerte.

Flechas amarillas, mojones, conchas… las señales marcaban el trayecto como si se tratase de un gran juego de pistas. Un paseo entre hayas, un poco de asfalto en en los tramos que coinciden con la carretera, un poco de subida campo a través, un camino de barro bajo los árboles, ascensos y descensos ondulantes, pueblos pirenaicos, pastos poblados por asustadizas ovejas y vacas tranquilas, perros atados que saludan con sus ladridos a peregrinos y a otros caminantes con los que se comparten estos andurriales. Los kilómetros van sucediéndose y con ellos bellas estampas para el álbum de recuerdos. Y por fin, llegamos a Zubiri.

Como teníamos toda la tarde libre y hacía un día estupendo, cogimos un taxi y nos acercamos a Eugi. Un pueblo precioso a orillas de un embalse. No es posible bañarse, pero nos sentamos tranquilamente a tomar unas cervezas y a disfrutar del sol que acariciaba suavemente nuestros pies descalzos. Cuando volvimos al albergue, nos reencontramos con las caras del día anterior. Las sonrisas, visiblemente más cansadas, seguían acompañándonos al final de la dura jornada. A la hora de cenar se produjo el primer encuentro multicultural. Serían muchos más a lo largo del Camino. A la mesa una mujer inglesa, una pareja italiana, dos chicas francesas, Aitana, Félix y yo. Todos hablábamos de las desventuras del día. Es curioso lo fácil que resulta entenderse, a pesar del idioma, cuando estás en las mismas condiciones.

A las 22:00 por fin, me tumbé en la cama. Hasta ese momento no supe lo realmente cansada que estaba. Al estirar mi cuerpo un escalofrío punzante hizo patente el dolor muscular. Me dolía hasta el pelo. Me concentré en los ruidos de la noche y el sueño me venció mientras en mi mente resonaba una suave palabra: “Ultreia”, el grito de ánimo medieval que significa Sigue adelante y que repetiría incansablemente a lo largo del Camino.

Amplíe información sobre el Camino de Santiago en Navarra.

<< Volver