Saltar navegación e ir al contenido

Carrusel de imágenes presentando Navarra

Historias premiadas

Navarra ineludible

A mi marido le llevaron a una Javierada con 14 años por primera vez. Quedó prendado de la espiritualidad, del recogimiento, de sus paisajes y de sus gentes. Desde ese momento se enamoró de Navarra y sobretodo de Javier. Han pasado 32 años y ha vuelto, sin interrupción, cada año desde entonces. Igual que le llevaron a él, él ha llevado desde aquel día a muchísima gente, en años distintos, con edades distintas, con gustos distintos, con creencias distintas… Con jóvenes adolescentes en tienda de campaña, con turistas ávidos de visitar monumentos, con familias con niños haciendo turismo rural, con creyentes, con no tan creyentes y hasta con alguna atea. Todos ellos volvieron encantados y todos ellos han regresado, algunos solos, algunos acompañados con más amigos y algunos han repetido con nosotros.

La visita ineludible es Javier, pero cada año hemos visitado lugares diferentes, algunos repetidos, pero casi todos nuevos, y todavía nos queda por ver, porque Navarra no te la acabas. De norte a sur, de este a oeste, sus ciudades y sus pueblos todos ellos con un encanto extraordinario, una gastronomía excelente y unas gentes hospitalarias como en ninguna parte.

A menudo nos piden consejo, porque mucha gente sabe de nuestros viajes, y lo primero que les decimos es que “vayas donde vayas te gustará”. Hemos visto lugares preciosos, hemos estado con gente encantadora, hemos comido en restaurantes exquisitos pero este último año descubrimos un lugar especial. Nos habíamos alojado de turismo rural allí cerca hacía años, habíamos pasado por esa carretera más de una vez y habíamos visitado los pantanos que hay cerca pero nunca habíamos visto Donamaria.

Se acercaba la hora de comer llevábamos toda la mañana en ruta, habíamos visitado el Señorío de Bertiz, cuando descubrimos… una fachada escondida detrás de una espesa hiedra florecida que medio escondía un caserío magnífico. Era Donamariako Benta, un hotel de montaña precioso. Donde nos trataron con un encanto y una amabilidad extraordinaria, donde degustamos platos y bebimos vinos deliciosos, donde disfrutamos de un jardín de ensueño y los niños pudieron probar las frías aguas de sus piscinas en el río.

Un lugar precioso, con una cocina exquisita, con un comedor con bonitos recuerdos de años pasados y con una familia excepcional que lo regenta. Un lugar donde pasa el tiempo volando y a la vez el tiempo parece no haber pasado. Un lugar para repetir y para recomendar. Un lugar al que, por supuesto, volveremos y seguro que a algo más que comer, porque además de estar enclavado en un entorno magnífico, el hotel organiza un montón de actividades de todo tipo.