Es Febrero, domingo, abres la persiana y ves un sol radiante… ¡venga, coge las botas de monte, preparamos algo para comer y nos vamos! Todos sabemos que aquí hay que aprovechar los días buenos de invierno, porque son muy escasos y porque se puede disfrutar de paisajes únicos. Ponemos rumbo a los Pirineos, ¡hoy toca pisar nieve!
Pasamos Isaba y empezamos a subir hacia Belabarze, a medida que ascendemos por la carretera vemos como va creciendo la capa de nieve a ambos lados, cada vez apetece menos cruzarse con algún coche. Llegamos al pequeño valle de Belabarze, el último antes de entrar en territorio oscense. Aparcamos y nos enfundamos las botas de monte y las polainas, queremos acercarnos a la cascada de Belabarze. Ya hemos estado allí varias veces pero siempre en verano, cuando no baja mucha agua, ahora queríamos verla rebosante, queríamos verla vestida de invierno.
Recorrer el empedrado camino que baja hasta ella siempre ha sido costoso, juro que con nieve lo es aún más. A medida que bajamos el sonido del agua se va haciendo más fuerte. El río lleva tanta agua que el pequeño puente de madera y los troncos dispuestos para facilitar el paso no sirven de mucho. Nos toca hacer de equilibristas sobre un agua que es más bien hielo líquido, cubre poco pero lo suficiente para pasar un mal rato si tu pie acaba dentro.
Por fin logramos acceder al claro donde está la cascada, impresiona ver la cantidad de agua que cae, y la fuerza que tiene, la miramos en silencio durante unos minutos, la naturaleza se presenta ante nosotros como un derroche de vida, necesario para que la tan ansiada primavera llegue a estas tierras verde y exuberante como siempre.
Volvimos al coche y decidimos seguir por la carretera hasta Zuriza y el refugio de Linza, una vez aquí los límites marcados por el hombre empiezan a confundirse, Aragón, Navarra y Francia se entremezclan entre montañas de más de 2000 metros de altura.
Tengo ganas de que llegue la primavera y volver, volver a disfrutar del paisaje que ví blanco y luego será verde, volver a oxigenar el cuerpo y la mente fuera del mundo urbano y, como no, volver a sentirme libre en esta tierra, en el reino de la caliza y el pino negro.