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Carrusel de imágenes presentando Navarra

Historias premiadas

Los cuatro días soñados

Desperté de aquél extraño sueño con la sensación de que ya lo había vivido antes, de que no eran simples creaciones de mi mente, que se atrevía a construir paisajes y entornos imposibles. Aún podía retener aquellas imágenes en las retinas. Era tan real que podía describir con nitidez cada detalle: la intensidad de la luz, el tono verde que inundaba el incomparable paisaje como sacado de un libro, que nos invadió aquella noche.

Era nuestro aniversario, nuestro primer año como casados. Decidimos posponer al siguiente fin de semana la celebración, era fiesta en Madrid y podríamos perdernos cuatro días juntos… la ocasión lo requería. Para viajes de no más de siete días, solemos buscar destinos en España y como no nos gusta demasiado la playa, decidimos buscar lugares de montaña, entornos naturales que a la vez permitieran el turismo rural, escapadas en bici de montaña y rutas de senderismo. Belén me sugirió algún lugar del Pirineo y a mí me encantó la idea.

Estuve varios días con las imágenes de aquél sueño en la mente, y fue al ver las imágenes que ofrecían en www.turismo.navarra.es cuando me dí cuenta que era con aquel lugar con el que había soñado. Fue como una inyección de adrenalina, con cada búsqueda aumentaba el deseo de visitar aquellos parajes, de vivir aquel sueño de nuevo; ¿acaso era aquello una señal del destino que me indicaba dónde debíamos ir, a través de los sueños? Sólo había una forma de averiguarlo.

La Selva de Irati; hayas y abetos con un verde indescriptible. La dueña de la casa se llamaba Mari Luz, pero todos la conocen como Ludi, y aunque nos dio a elegir entre varios destinos, nos decidimos por Aribe, que nos permitía estar a un paso de Orbaitzeta y el Embalse de Irati, y Ochagavía, donde casualmente se celebraba ese sábado la Irati-Extrem. Nos quedamos con la buhardilla, totalmente forrada en madera, con todo lujo de detalles y una elegancia en la decoración que no hizo estremecer cuando lo vimos por primera vez. Las vistas eran impresionantes, la situación idílica, la compañía inigualable… y el alojamiento y entorno acompañaban en uno de los lugares más hermosos que he visto en toda mi vida.

Alternando rutas a pie con rutas en bici, descubrimos parajes y rincones increíbles, de una belleza que difícilmente podríamos describir con palabras, ni siquiera con imágenes puede adivinarse las sensaciones. Durante las salidas, en ocasiones, nos parábamos durante el paseo para disfrutar del silencio que nos rodeaba. En esos momentos cerraba los ojos, y lograba enlazar las imágenes de aquél sueño con la experiencia que estábamos viviendo.

Cuatro días que se nos hicieron cortos, cuatro días para el descanso, para el deporte, para desconectar del resto del mundo. Cuatro días para celebrar, para visitar, para disfrutar de sus gentes, de sus paisajes, de su silencio. Cuatro días para enamorarnos de una tierra que sin duda volveremos a visitar, pero esta vez para quedarnos hasta que empapemos su aroma en nuestra piel, hasta que heredemos su acento, hasta que logremos olvidar el ruido de la ciudad. Sí, fueron cuatro días que nos cambiaron la forma de pensar, y nos hicieron vivir un sueño del que nunca quisimos despertar.